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23 ago 2017, a las 16:33 h
El arcoíris asoma en la tierra de Gengis Kan

Ulán Bator (El Pais)

Es sábado noche y los suburbios de Ulán Bator están sumidos en la penumbra. La falta de iluminación pública, los anodinos edificios de corte soviético y el intenso frío crean una atmósfera desapacible que se acentúa por la escasez de gente en las calles de la capital mongola. Sin embargo, un viejo bloque de hormigón que no destaca entre el resto recibe un constante goteo de gente especialmente sonriente. Cuando se abre la pesada puerta negra, el estruendo que brota del interior evidencia que no se trata de un lugar corriente ni una noche cualquiera.

Solo se entra con invitación. Sin excepciones. “Necesitamos crear un espacio en el que nuestros clientes se puedan sentir a gusto para desinhibirse”, explica el responsable de esta fiesta privada. “Su vida ya es lo suficientemente dura como para que se ponga en peligro uno de los pocos lugares en los que pueden mostrarse como son, sin miedo a represión o represalias”, añade. La considerable bandera arcoíris que cuelga de una barandilla ya da una pista clara de a quiénes va dirigido el evento. Y un cartel en la pared no deja lugar a dudas. En él aparece un hombre desnudo de espaldas que reza: ‘Suck, F#ck, Test, Repeat’. Chupa, folla, hazte análisis, y repite.

Esta fiesta, organizada un par de pequeños colectivos LGBTI de Mongolia es un puñetazo a la tradicional sobriedad del país. Travestis y transexuales convierten la pista de baile en una pasarela de lo excéntrico, go-go boys provocan un aullido colectivo cuando se quedan solo con un minúsculo tanga y una gorra de policía, y la libido se extiende sin límite por los estrechos pasillos, que recuerdan al hotel de El resplandor. Enkhmaa, bisexual, es una de las muchas mujeres que esta noche se dejan llevar por sus impulsos. Reconoce que la represión social propicia una explosión exacerbada en estas ocasiones, pero recalca que la libertad de esta sala de fiestas es un espejismo.

Efectivamente, se trata de un oasis, y Mongolia está muy lejos de ser un paraíso de la diversidad sexual. Timothee lo sabe bien. A sus 19 años hace todo lo posible por aparentar ser heterosexual, aunque hace seis que descubrió que le atraen los hombres. “Me di cuenta cuando me estaba masturbando, porque siempre me excitaba con fotos de ellos, no de ellas. Y entendí por qué de pequeño me enamoraba del príncipe de La Sirenita y no de la sirenita. Traté de mantener relaciones con mujeres para ver si eso me curaba, pero no funcionó”, recuerda.

A pesar del empeño que puso en enmascarar su orientación sexual, sus compañeros y profesores la adivinaron y convirtieron su vida en un infierno. “He sufrido abuso escolar toda mi vida, pero nada ha sido tan terrorífico como el día en el que mi tutora llamó a mi padre para compartir con él la sospecha de mi homosexualidad. Cuando volvimos a casa, me dio una paliza y me dijo que si descubría que era cierto me cortaría el pene. Así que ahora lo mantengo en secreto”, relata. Solo hay dos lugares en los que Timothee puede ser él mismo: en los personajes de los cómics que dibuja, en quienes vuelca sus temores y esperanzas, y en el bar D.D.

Este local es el único establecimiento de ocio LGBT de Mongolia, pero apenas hay nada que lo identifique como tal. En la planta baja de un edificio residencial del centro de Ulán Bator solo hay un cartel minúsculo con el nombre del establecimiento. Los grandes ventanales están siempre tapados por las gruesas cortinas que separan dos mundos. “Otros han intentado abrir bares gais anteriormente, pero ninguno ha funcionado. La comunidad LGBTI de Mongolia todavía es invisible y está estigmatizada. Pero, después de haber vivido 15 años en Japón, donde la comunidad homosexual es mucho más abierta, decidí intentarlo”, cuenta Zorig Alimaa, el propietario del D.D. En el país nipón abrió los ojos a una realidad que no imaginaba. "Vi que no era el único", cuenta.

El D.D. se inauguró en 2012, pero una crisis financiera le obligó a cambiar de local en 2015. Ahora su clientela no es muy numerosa, pero sí muy fiel. Y a Alimaa le enorgullece especialmente que el bar haya servido para que muchos, como Alungoo Byambasuren, hayan salido del armario. “Con cinco años empecé a tratar de mear como los chicos. Y fracasé estrepitosamente”, relata entre risas. “Luego me enamoré del culo de una chica y comenzaron las dudas sobre mi identidad. Curiosamente, no entendí que tengo una parte hombre y otra mujer hasta que busqué en Google. Entonces quise tener un pene”.

Como muchos otros, Byambasuren se encontró y se aceptó a sí misma fuera de Mongolia. Estudió en Estados Unidos y trabajó en Bulgaria. Ahora se reconoce como bisexual y mantiene una relación sentimental con un hombre. Y otra con una mujer. “Ambos lo saben y se conocen. Entienden que no puedo poner freno a mis sentimientos y lo aceptan”, explica en su sencillo apartamento, acompañada por su novio y por sus dos inquietos perros. Su novia, en cambio, prefiere mantenerse en el anonimato y no aparecer en las fotografías de este reportaje. Tiene miedo. “Odio Mongolia. Odio cómo nos tratan en este país”, se desahoga Byambasuren.

Según un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la discriminación hacia este colectivo es grave. Sobre todo, en el entorno laboral. “Existe dificultad para encontrar trabajo en el caso de quienes muestran abiertamente su orientación sexual, y algunos son incluso despedidos cuando se desvela", señala el documento. El estudio también apunta que 80% de las personas LGBT esconde su orientación a sus compañeros y que la mayor discriminación la sufren las mujeres transexuales. Por eso, explica, algunas terminan ofreciendo servicios sexuales de pago, que son ilegales en Mongolia. "En general, es un colectivo vulnerable al chantaje, a la violencia, y a la pobreza”, sentencia el texto.

El PNUD también señala que el 87% de este colectivo esconde su orientación sexual a sus familiares. El ámbito más cercano es, curiosamente, el que más temor provoca. Y una encuesta realizada entre niños por el LGBT Centre de Ulán Bator confirma que el entorno familiar es el que resulta más cruel: el 79% ha sufrido discriminación u ostracismo por su identidad sexual, mientras que el 9,4% ha sido víctima de violencia grave. En estos últimos casos, la mayoría de las palizas un 45,16% ha sido infligida por familiares.

Los casos más graves, no obstante, han sucedido fuera del entorno más cercano. El informe del PNUD recoge el caso de tres mujeres transexuales que fueron secuestradas y trasladadas a un cementerio, donde sufrieron abusos físicos y sexuales. “Fueron torturadas, obligadas a lamerse entre sí los órganos sexuales y también los de sus agresores, y a una de ellas le introdujeron una bolsa llena de piedras en la vagina”. Anaraa Nyamdorj, fundador del LGBT Centre, recuerda otros casos similares e incluso algún asesinato que no se investigó como crimen de odio.

Son razones de peso para no salir del armario. “Ese es un momento que vas a recordar durante toda tu vida. Es crucial decir quién eres para sentirte en paz contigo mismo, pero también requiere mucho coraje”. Jack Ganbaatar todavía no ha reunido el suficiente para contárselo a sus progenitores. “Bueno, en realidad a mi padre sí que se lo he dicho, pero no se acuerda”. El porqué de su falta de memoria es, cuando menos, curioso: “Mi padre es un chamán que entra en contacto con espíritus que hablan a través de él. En una ocasión, cuando estaba en trance, le dije al espíritu que soy homosexual, y él me respondió que me ayudaría a hacerles comprender la situación a mis padres”. Ganbaatar cree a pies juntillas que la amnesia de su padre no es fingida.

Afortunadamente para todos los miembros de la comunidad LGBT, su orientación sexual ya no es un crimen, como fue hasta 1986, ni se considera una enfermedad mental, como ocurría hasta 2001. “Ese período en el que estuvo criminalizada ha marcado mucho a la sociedad, pero Mongolia ha sido tradicionalmente una sociedad tolerante con los LGBT", recuerda Nyamdorj, que nació mujer pero que ahora se define como un hombre transexual bisexual. Antes de la revolución comunista de 1921, los grupos en los que se estructuraba la sociedad estaban compuestos por un puñado de familias nómadas. Era un microcosmos en el que se aceptaba a todo el mundo, fuese como fuese. "La batalla con el clima por la supervivencia ya era suficiente, y en muchos casos los homosexuales eran los chamanes, que siempre han tenido una identidad sexual diversa”, explica.

El cambio llegó con el sistema soviético. “Trajo consigo la urbanización y la creación del concepto del ‘otro’. De repente, los nómadas echaron raíces y se vieron obligados a convivir con muchas otras personas a las que se les impusieron leyes y valores ajenos. Fue ese el momento en el que se acabó con la tolerancia”, afirma Nyamdorj, el activista LGBT más prominente de Mongolia. “Desafortunadamente, al contrario de lo que sucedió en la URSS, la llegada de la democracia en la década de los noventa no trajo consigo el auge de los movimientos pro derechos humanos para los LGBT. Se luchó por los derechos de las mujeres, de los trabajadores, por la justicia social y la erradicación de la pobreza, pero no por los homosexuales”.

 

La primera organización gay se creó en 1999 y se centró en la prevención y en la lucha contra la expansión del sida. Le siguieron otras con objetivos similares, pero aún hoy el LGBT Centre sigue siendo la única que lucha por los derechos civiles de los no heterosexuales. Y lo hace en tres frentes diferentes. “El más importante es el Programa Legal, que tiene dos ramas. Por un lado está su función activista, que impulsa nuevas leyes y la enmienda a otras que deben ser mejoradas; por otro lado, proporciona consejo legal y ayuda a quienes ven vulnerados sus derechos”, explica Nyamdorj, fundador del LGBT Centre.

En este aspecto, la organización ya ha obtenido algunos logros importantes. Por ejemplo, que el Código Civil incluya al colectivo LGBTI en la legislación sobre discriminación. “Creemos que las leyes malas hay que cambiarlas a través de la litigación, así que este año presentaremos el primer caso ante el Tribunal Constitucional para que se pronuncie sobre lo que es el género, con el objetivo de que incluya una definición que ampare a los transexuales y que, así, se abra el camino a la reforma de la Constitución de Mongolia", añade Nyamdorj. Además, en el Programa de Salud trabaja para lograr que el sistema público proporcione servicios reproductivos a mujeres lesbianas, que no interfiera en los niños intersexuales que nacen con características de ambos sexos y a los que se les suele ‘imponer’ uno de ellos, y que ofrezca el proceso de transición a los transexuales.

Sin duda, el país de Gengis Kan todavía está muy lejos de llegar a satisfacer todas esas demandas, pero la aceptación del matrimonio homosexual en Taiwán y la posibilidad de que Corea del Sur siga sus pasos pronto han dado alas al colectivo. “Hasta ahora muchos creían que ‘eso de los gais’ era algo exclusivo de Occidente. Es importante que haya un ejemplo asiático para tratar de cambiar esa concepción de que todo lo relacionado con el colectivo LGBTI es importado del extranjero”, apunta Byambasuren.

El último programa del LGBT Centre de Ulán Bator se centra en la juventud. “Si queremos tener éxito en el futuro, necesitamos educar a niños y adolescentes en las virtudes de la diversidad y de la tolerancia”, analiza Nyamdorj. Además de llevar a cabo talleres educativos, la organización también gestiona el Programa de Liderazgo de la Juventud para formar activistas de entre 17 y 30 años. “Se trata de un curso de 12 semanas en el que concienciamos y damos información exhaustiva sobre el colectivo LGBTI a quienes ya están predispuestos a participar en la causa. Creemos que, a través de ellos, el impacto social se multiplica. Paso a paso, vamos acercándonos hacia un mundo más justo y equitativo”, sentencia Nyamdorj.

Desafortunadamente, los miembros del colectivo LGBTI entrevistados por EL PAÍS reconocen que también se enfrentan a nuevos retos. “El auge de los grupos cristianos evangélicos se ha convertido en un grave problema”, apunta Byambasuren. “Predican el ‘odia el pecado, no al pecador’, algo que se traduce en un constante intento por ‘curarnos’. No tendría más importancia si no fuese porque arremeten contra nosotros en redes sociales y en foros, donde muchas veces incluso publican nuestras fotografías para tacharnos de homosexuales, transexuales, o viciosos en general. Crea un clima de tensión que lo enrarece todo, y es un escollo para que continuemos avanzando.

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