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19 sep 2017, a las 14:24 h
Rupaul’s Drag Race: Montadas pero cansadas

Hace unas semanas una loca mala deslizó en Facebook que el drag era la versión 2017 de las canchas de paddle y los parripollos. Señalaba cruelmente algo que tiene su verdad: el drag parece haber llegado a un punto de saturación, no porque ya no tenga nada que ofrecer, sino porque estamos asistiendo a su etapa imperial. Esa subcultura fascinante, tejida durante décadas en la oscuridad de clubes, salones de baile y teatruchos, recargada de códigos sutilísimos y diseminada en una serie de linajes (las “houses” o las “families”) ha alcanzado en los últimos años la cumbre de su visibilidad y ejerce sin mayores cuestionamientos su dominio sobre el mundo, brillando como lo más interesante que tiene para ofrecer la cultura pop. El show de RuPaul ha sido clave en esta evolución. No es raro entonces que sea en esa plataforma donde se ven de manera más clara los signos de un agotamiento, no de la cultura drag, queremos subrayarlo, sino de su explosión pop, cristalizada en Drag Race. La cultura drag sin duda encontrará el modo de dejar atrás esta crisálida temporaria, en la que brilló como nunca, para encontrar nuevos puntos de incandescencia. Mientras tanto, el programa que la catapultó languidece.

 

Llevamos años escuchando de boca de RuPaul que el drag nunca ocupará un lugar definitivo en el mainstream porque juega con las percepciones de identidad y se ríe de los límites del ego. A confirmar. Eso sí: esa misma mente y esa misma boca, tan sabias, nos han hecho comprender que todo es drag, o dicho con otra intención, todo es performático. Por eso es triste ver cómo un programa que colaboró para expandir los límites y las concepciones de lo que el drag es y será se haya vuelto un calco propio de tan atrapado que parece mantenerse entre autorreferencialidades sistemáticas y mecanismos remanidos y televisables.

 

Hay teorías al respecto. El programa, que se emitió durante ocho años por la señal lgbtq norteamericana Logo, pasó en 2017 a VH1, un canal de audiencia fija mucho mayor y ciertamente también aliado al imaginario y a las luchas de minorías. No obstante ello, se viene diciendo que las nuevas cabezas de producción corrieron los ejes de los guiones -sí: los realities se guionan- y metieron mano en las decisiones de eliminación de las participantes. No todas las mejores o más populares lograron sobrevivir a lapsus de infortunio o pereza, por más mérito previo que cargasen en sus prontuarios; y, lo que es mucho más preocupante, cada una de las 13 nuevas drag queens se parecía mucho, pero mucho, a otras de temporadas pasadas, en su look o en sus performances en cámara. De los desafíos, en señal de respeto a nuestra propia dignidad, mejor no hablaremos.

Por otro lado, esta temporada tuvo la mala suerte de oficiar de sucesora de la mejor temporada de la historia de todos los programas de la televisión mundial: Drag Race All Stars 2. Emitido hace algunos meses, el programa reunía a las drags más malditas de la galaxia, todas antiguas concursantes rebosantes de carisma, singularidad y talento, estudiosas además de las reglas del programa, expertas en producir momentos televisivos, interacciones dramáticas y terrorismo performático. La producción, por su parte, se encargó de brindar momentos de una épica multimedial casi desesperante de tan candente, como aquella vez que las eliminadas volvieron a mitad de la temporada para vengarse por sus destinos apareciendo por detrás de uno de los espejos/cámara Gessell del estudio, en un momento de ruptura de la lógica elemental del formato reality que dejó sin peluca a fans y no fans.

Las elegidas para la temporada que hoy corona ganadora no hubiesen atravesado ni las etapas intermedias de casting de años anteriores, por no decir que ninguna de ellas reúne más que un par de atributos y, gravísimo, a ninguna se le encuentra esa lengua karateca que las mejores drag queens del mundo necesitan tener. Las peleas fueron entre vergonzosas y débiles; y empeorar las cosas la producción decidió alentar momentos “reales”, “serios”, en los que las concursantes se esforzaban por superarse en patetismo, revolviendo su alhajero de “traumas” para vomitarle al público sus encuentros decisivos con los desórdenes alimenticios, el cáncer, la discriminación en aeropuertos rusos (sic) y la mar en coche.

 

Esta noche, como desde 2009, ganará la mejor mujer. Es terrible saber que nos importa menos que nunca.

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