DIARIO EL GALEÓN
30 ago 2016, a las 17:00 h
El monarca de Sierra Morena

Andalucía ha sido siempre tierra singular, llena de héroes populares que luchan contra la ley (¨en nombre de la verdadera justicia¨). Personas, con nombres y apellidos, que desde tiempos inmemoriales, huyendo de la jurisprucencia o de la misma miseria se han echado al monte para dedicarse al bandolerismo, en busca de la libertad y una vida mejor. De entre todos estos hombres, solo uno llegó a granjearse una reputación que hizo al déspota y engreído de Fernando VII sentir más de un escalofrío cada vez que oía su nombre, ¨Jose María el Tempranillo¨.

 

Nos encontramos al sur de la provincia de Córdoba, concretamente en Jauja, pedanía de Lucena, a las orillas del río Genil. En este rinconcito de Andalucía, hacia junio de 1805, nace en el seno de una familia de jornaleros muy humildes, un niño que es bautizado con el nombre de José Pelagio Hinojosa Cobacho, (el ¨María¨ que se le atribuyó como segundo nombre, era algo típico de la época, sonaba bien y aunque no te llamaras así, te lo decían y se te quedaba). Jose María estaba destinado a heredar el destino que tenían marcado sus padres, currar de sol a sol para el señorito -el ¨señorito¨, esa figura tan famosa en Andalucía, un latifundista que explotaba a los campesinos a cambio de un repugnante jornal; y que no contento con esto, también podía disponer a su antojo de como había de funcionar el pueblo y su gente- y vivir en la miseria hasta el día de su muerte, la cual, al menos le liberaría de la penuría y daría el descanso que todo campesino del momento merecía.

El destino parecía tener atado a Jose María: era un analfabeto más, otro jornalero cualquiera para el terrateniente, un joven que tenía en la cabeza la idea de formar una familia y trabajar día si y día también para sacarla a delante como buenamente pudiera. Ah, pero la juventud es la juventud, y si por algo se distingue esta etapa de la vida es porque no hay nada escrito, las pasiones, los arrebatos y las ansias libertad hacen a más de uno tomar algunadecisión arriesgada que acaba por marcar a la persona; esto mismo le ocurrió a nuestro joven héroe con tan solo 15 años. Nos encontramos en el 29 de septiembre de 1820, en plena romería de San Miguel, Jose María se encontraba bajo una encina con la que era su novia, ambos se hallaban lanzándose miradas inocentes y efectuándose ademanes de cariño, cuando de pronto, un hombre ya bien crecido, de unos 40 años, rudo y desagradable, empujó al novio y forzó a la muchacha para que ¨bailara con él¨. Jose María, ni corto ni perezoso no dudó en reaccionar y sacó su navaja desplegándola lentamente en tono desafiante, con una penetrante mirada maliciosa dirigida hacia su adversario, éste sacó la suya y entre un gesto burlón con la mano y una risa de desprecio se lanzó a por el chico en busca de su ¨pescuezo¨, pero erró, Jose  María, tan audaz como siempre, aferró con su mano izquierda el brazo de su agresor impidiendo así la puñalada, mientras, con gran rabia asestó una terrible puñalada al costado de aquel desgraciado, clavándole en el momento cuarta y mitad de acero entre costilla y costilla, produciendo que lanzase un grito a los cuatro vientos en busca de una ayuda que no le salvaría la vida, pero que quizás si le costara a ese joven enamorado. Jose María no se detuvo a observar la escena, aturdido por el alarido desgarrador de su víctima no se lo pensó dos veces, tomó por las riendas el primer caballo que vio, lo montó e instantaneamente lo espoleó, cabalgando como alma que lleva el diablo hacia el monte, el que a partir de ese momento sería su hogar y su refugio.

El joven convicto -estaba ya en busca y captura por culpa del asesinato de aquel degenerado- no tardó en dedicarse al bandolerismo, oficio de todos los ¨echados al monte¨. Primero se dedicó al contrabando, algo muy común pero de poca monta para alguien que prometía tanto, así que tan pronto como pudo se enroló en una banda, pero no en una cualquiera, sino nada más y nada menos que en la banda de ¨Los siete niños de Écija¨, el mejor grupo de bandoleros del momento -allí estaban: ¨Malafacha¨, ¨Satanás¨, el ¨Ojitos¨, el ¨Cojo¨, el ¨Tragabuches¨...- , salteadores que robaban a todo aquel que se les cruzase. Fue en esta banda donde Jose María se ganó el apodo de ¨El Tempranillo¨ (por aquello de que empezó muy pronto, con 15 años), y donde se curtió y aprendió de los mejores. Pero la banda (aún siendo la mejor) se quedaba ya pequeña para un Tempranillo de 18 años que sabía que era capaz de obtener más poder y reputación, de modo que abandonó a Los siete niños de Écija y se dispuso a crear su propia cuadrilla. Ésta llegó contar en su mejor momento con 50 hombres y una amplia red de espías e informadores, que permitieron a Jose María controlar toda Sierra Morena  y coronarse el mismo como rey de ésta - algunos escritos de la época decían <<En España manda Fernando VII, pero en Sierra Morena manda el Tempranillo>>-. Desde el primer momento demostró gran profesionalidad, teniendo gran predilección por los carruajes y diligencias de la Hacienda Real y cobrando a los mismos un peaje impuesto por la banda.

Y  como a mí me gusta mas una batallita que a una monja una una furgoneta, me voy a enrrollar por puro placer, para contar una hazaña concreta del bandolero:

Un buen día un arriero volvía a su pueblo con una carga de pellejos de vino sobre un borriquillo flaco y pelado, medio muerto de hambre, cuando al llegar a una senda se encontró con un forastero; que no era otro que “El Tempranillo”; que se echó a reír al ver al pollino y dijo:

- ¿Qué mamarracho es ese amigo?, ¿Estamos en carnaval para que andes así?.

- Amigo, -respondió el arriero apenado-, este animalejo, por feo que sea, es lo que me gana el pan, pues soy un desgraciado y no tengo dinero para comprar otro.

- ¿Cómo? ¿y es este asno asqueroso lo que te impide morir de hambre?, pues me parece que no te durará más de una semana, toma...

Alargole una bolsa con mil quinientos reales, y le hizo dirigirse a una posada donde vendían mulas, y le dijo que si al día siguiente le volvía a ver con el borrico viejo los despeñaba a los dos por el barranco, obligándolo así a comprar un nuevo animal. A la noche siguiente los compañeros de José María se presentaron en la posada y le pidieron al vendedor de la mula el dinero recibido por la venta despidiendose a la voz de <<Los saludos y los respetos de Jose María el Tempranillo>>, volviendo así el dinero a manos del famoso bandolero.

Pero esta historia es solo una de las muchas que definen al Tempranillo como a un héroe del pueblo: la mayor parte de lo recaudado en asaltos era repartido entre sus hombres, quedándose él con poca cosa (sabía contentar a su cuadrilla), cuando buscaba cobijo en algún pueblo repartía entre sus habitantes grandes cantidades de dinero, o también si asaltaba alguna diligencia cargada de alimentos, distribuía el botín entre la gente los pueblos. Es gracioso decir que incluso las damas salteadas por don Jose María, bebían los vientos por él, y esque nuestro bandolero, como buen romántico de su época, era todo un galán; invitaba a las mujeres bajar del carruaje, las acompañaba hasta la sombra y allí tomaba su mano, la cual besaba y desposeía de sortijas mientras dulcemente recitaba aquella famosa frase <<Una mano tan bella no necesita estas alhajas>>.  Pero que este hecho no nos lleve al engaño, porque el Tempranillo jamás tuvo fama de mujeriego, pues tan pronto como fundó la banda conoció a una joven y bella gaditana, su nombre, María Jerónima Francés.

Al poco de casar la joven pareja, María quedó embarazada y 9 meses después el parto se ponía en marcha, lo hacía en un cortijo de Grazalema, un 6 de enero de 1832. Allí estaba el bandolero junto a su mujer cuando de repente sonó una voz autoritaria <<¡Tempranillo, sabemos que estás ahí, sal y ríndete!>>, eran los migueletes, que tenían rodeado el edificio, alguien del pueblo había dado el chivatazo. En ese momento ante los ojos del Tempranillo, María fallecía a causa del alumbramiento, dejando en su último aliento agónico un retoño que a duras penas luchaba por sobrevivir.  Los migueletes abrieron fuego contra el cortijo, convencidos de que el bandolero se rendiría de inmediato, pero habían pinchado en hueso; el Tempranillo, consciente de que la cosa pintaba bien jodida para su persona, no podía permitir que su leyenda acabara allí de esa manera, junto a su mujer muerta y dejando huérfano a un niño moribundo. Entonces, haciendo acopio de esa audacia que le caracterizaba, acomodó lo mejor que pudo a su hijo en la faja y se echó el cadáver de su mujer a la espalda, atándoselo con el pañuelo de seda, seguidamente se dirigió a la cuadra para tomar un caballo que montó a pelo, sin riendas y sin montura, tan solo aferrado a las crines. La suerte de Jose María estaba echada, abalanzó al caballo sobre la puerta falsa, (la de atrás del edificio) y salío a galope tendido del lugar, saltando por encima de los soldados que le esperaban para darle caza; estos dirigieron las armas hacia el bandolero y esta vez no tiraron a matar, quizás porque estaban aturdidos ante la imagen que veían o quizás por el inmenso respeto que infundía la persona del Tempranillo, fuese lo que fuese lo cierto esque Jose María salió de allí salvando el pellejo y sin ningún rasguño.

Al día siguiente el Tempranillo entregó el cuerpo de María a la familia de esta, dándoles además una bolsa repleta de dinero para que pudieran darle entierro y sepultura. El día 10 de enero de 1832, un abatido y desolado Tempranillo llegó a Grazalema junto a su cuadrilla para bautizar a su hijo; la gente del pueblo, consciente de que no le quedaban ni siquiera fuerzas para la venganza, respetaron su dolor  y decidieron no dar cuenta a las autoridades, ni siquiera, quien días antes lo vendió y ahora era causante del tormento que arrasaba su corazón, se atrevió en esta ocasión a delatarlo,

Tras este suceso el Tempranillo cayó en un pozo de tristeza, pero sin saberlo, su leyenda se hizo más grande. El propio Fernando VII, harto de Jose María e irritado por no ser capaz de atraparlo, le propuso una oferta: ofrecería el indulto al Tempranillo y a sus hombres, si este abandonaba el bandolerismo y creaba una cuadrilla dedicada perseguir a los bandidos de la sierra. La propuesta era dura, si la aceptaba traicionaría todos los principios por los que había estado luchando este tiempo, pasaría a ser un siervo más del absolutismo... Pero en la otra cara de la moneda estaba su hijo; no podía seguir con esta vida por el bien de su futuro. De esta manera y con mucho dolor, Jose María aceptó y dio el siguiente mensaje a su banda <<El que quiera seguirme que lo haga y será libre, pero el que no me siga que no dude que le buscaré, le daré caza y lo llevaré al cadalso>>, muchos aceptaron la propuesta, pero otros, como el Venitas dijeron que si quería que los buscaran, que no conocían otra vida que no fuese el monte.

Y así, con todo el dolor de su alma, el Tempranillo se dedicaba ahora a perseguir a los que fueron sus compañeros, los cuales no tuvieron reparo para enfrentarse a él, lo cual le costó la vida. Pasando un día por Despeñaperros se encontró con el bandido conocido como “El Barberillo” (antiguo miembro de su banda), tras instarlo a que no perpetrase un atraco, él bandido no lo tuvo en cuenta y acabó con Jose María de un disparo. Acababa de esta manera tan perra la historia de Jose María el Tempranillo, pero daba comienzo la leyenda del último héroe del pueblo andaluz, daba comienzo la leyenda rey de Sierra Morena.

Aquel monte que tanto le dio, todo se lo arrebató.

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Gran tipo.

publicada el ( 30 ago 2016, a las 20:08 h ) por jorge braceras
Bonita historia. Supongo que, como siempre pasa, mezcla realidad con leyenda. La Historia de España está llena de nombres y de capítulos que, de verlos en una película, nos harían pensar que el guionista ha tomado algo en no muy buen estado.


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