DIARIO EL GALEÓN
17 ago 2016, a las 23:54 h
Los peores JJOO de la era moderna.

Este martes el pertiguista francés Renaud Lavillenie, uno de los grandes favoritos al oro en su especialidad, publicaba un tuit en el que criticaba los numerosos casos de silbidos sufridos por aquellos deportistas que tenían la desgracia de tener que enfrentarse a un representante brasileño en las olimpiadas. Comparaba la agresividad del público brasileño con la dureza de la situacíon sufrida por los deportistas negros norteamericanos durante la Olimpiada de Berlín en 1936, en pleno apogeo nazi, y muy especialmente con la situación vivida por el grandísimo campeón Jessee Owens, ganador de cuatro medallas de oro. Ante la avalancha de respuestas airadas a su mensaje, a los pocos minutos optaba por retirarlo y pedir disculpas por el mismo, y sin embargo la respuesta del público brasileño le ha acabado dando la razón. La imagen ha dado la vuelta al mundo: Lavillenie llorando desde el segundo escalón del podium, con su medalla de plata colgada al cuello, mientras el estadio le dedica una pitada monumental que debería abochornar a cualquier aficionado al deporte en cualquier parte del mundo. Hasta su rival en la final y a la postre campeón olímpico, el atleta local Thiago Braz da Silva solicitó al público el cese de la pitada y llegó, en un gesto que le honra, a aplaudir públicamente a su rival.

Ha sido la última y desde luego la más llamativa, pero de ninguna manera la única ocasión en que ocurre algo parecido. También nosotros tuvimos que sufrirlo en el partido de baloncesto entre España y Brasil, por no hablar de la que tuvo que pasar Juan Martín del Potro en la final del torneo individual masculino de tenis, y eso que en aquella ocasión el rival ni siquiera era brasileño, sino el escocés Andy Murray. En éste caso creo que se encuentra precisamente una de las claves del problema: el público brasileño, en gran parte, no es un público aficionado al deporte sino, todo lo más, un grupo de fanáticos futboleros incapaces de apreciar el esfuerzo de sus rivales. Todo el mundo conoce la rivalidad futbolística entre Brasil y Argentina y el público ha trasladado esa rivalidad al resto de los escenarios. Es muy, muy extraño, que en una cancha de baloncesto, una pista de tenis, un estadio de atletismo o casi cualquier otro escenario deportivo se muestre esa agresividad ante un rival, algo sin embargo, muy frecuente en los campos de fútbol. Gran parte del público futbolero olvida lo que es el esfuerzo de un rival que lleva cuatro años preparándose para una cita olímpica con esfuerzo, sacrificios, entrenamientos... nadie pide que no animen a sus representantes, pero es indignante no mostrar el respeto que merecen todos los deportistas, independientemente de a quién tengan que enfrentarse.

Pero es que, además está habiendo muchas cosas más, al margen de los deportistas, que están siendo noticia en estos Juegos, y casi ninguna de ellas es positiva. Un desastre de organización, unos problemas de seguridad evidentes, unas gradas escandalosamente vacías en gran parte de las pruebas, una villa olímpica cuestionada por muchas delegaciones, unas instalaciones deficientes en determinados deportes... Hemos visto una semifinal del torneo de dobles masculino de tenis disputado en una pista con capacidad para apenas un centenar de espectadores, hasta nuestro Rafa Nadal tuvo que declarar que nunca había jugado un partido tan importante en una pista tan mala. Hemos visto un tiroteo a apenas 300m. del estadio olímpico en un enfrentamiento entre bandas rivales el mismísimo día de la ceremonia de inauguración, hemos visto partidos de baloncesto que dan comienzo con las gradas vacías porque la seguridad no deja entrar al público debido a la presencia de una mochila sospechosa y sin embargo no dicen nada de lo que está pasando a los jugadores. Hemos visto a los miembros de la delegación china de baloncesto verse envueltos en un tiroteo con dos muertos mientras es trasladada a la villa olímpica atravesando uno de los barrios más conflictivos de Río (y mira que en Río debe haber barrios conflictivos) nada más aterrizar en la ciudad. Hemos visto a Ryan Lochte, uno de los mejores nadadores norteamericanos, atracado a punta de pistola. Hemos visto apartamentos en la villa olímpica en los que falta terminar de cerrar el falso techo, en los que hay goteras, enchufes a falta de empotrar en la pared, televisores que no funcionan... hemos visto cámaras aéreas que se desploman a unos metros del estadio olímpico, hiriendo a dos mujeres que pasaban por debajo. Hemos visto una plataforma de salida de la prueba de natación en aguas abiertas que desparece arrastrada por la marea, un cadaver descuartizado flotando en las aguas del campo de regatas unos dias antes de empezar los juegos, un sofá flotando en el lugar donde se están celebrando las pruebas de remo y piragüismo, una asociación médica que recomienda a los deportistas evitar beber de las aguas contaminadas de la bahía de Río, hemos visto una piscina con agua que se pone verde y saltadores que inundan las redes sociales con fotos en las que se tapan la nariz ante el mal olor... Y suma y sigue, porque la Olimpiada todavía no ha terminado, y quiera Dios que no suceda nada más grave que todo ésto.

En definitiva, creo evidente que son los peores juegos olímpicos desde hace muchas décadas, y lo más grave es que no resulta sorprendente ya que al parecer todo el mundo a excepción del COI sabía lo que iba a ocurrir. No se trata ahora de saber en qué estaban pensando los miembros del COI cuando decidieron conceder la organización a un país en desarrollo como Brasil. No sé si se trataba sólamente de llevar los juegos a otro tipo de escenarios más humildes en un exceso de buenismo políticamente correcto, o si se trató de un exceso de confianza en el crecimiento previsto para la economía brasileña o si, como muchos sospechamos, se trataba de evitar las sedes que necesitaban un menor gasto en infraestructuras y por lo tanto ofrecían menos posibilidades en cuanto a comisiones, sobornos, chantajes y chanchullos varios. Lo evidente ahora es que, nos pongamos como nos pongamos, el movimiento olímpico se ha convertido en algo tan grande que no hay más allá de dos docenas de países en el mundo capaces de organizar unos Juegos con garantías a nivel organizativo, de seguridad, de infraestructuras, de seguimiento del público... Esperemos que los miembros del COI lleguen a la misma conclusión y que el desastre no vuelva a ocurrir. Y, mientras tanto, disfrutemos, durante los pocos días que aún nos quedan, del esfuerzo de los deportistas, indudablemente lo mejor de ésta y de todas las Olimpiadas.

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