La revuelta de la Yenka
El Latido

La revuelta de la Yenka

Andamos acabando con el 2018; pocas cosas han cambiado desde que elegimos el gregoriano calendario, muchas menos en los últimos lustros, por supuesto. Nos movemos en la sutil borrachera de discursos sin fondo, vanas palabrerías que nos mantienen las orejas enhiestas, ojipláticos, la columna estirada y casi de puntillas. Esto es porque no quieren que pisemos tierra firme, que nuestros oídos disfruten de lo cercano, de lo cierto, de lo real. Y que nuestros ojos se posen sin estridencias sobre los focos amenos que nos rodean, las aristas menos amorosas, los espinos y las zarzas. Así andamos dando tumbos, desordenados y distraídos. Mucha literatura barata, de whatsapp, twiter, facebook, los medios incluidos; separando, dispersando, difuminando; la fuerza viva que vive en cada una de nosotras, las personas que sufrimos cada día; para vestir, calzar, comer, beber, vivir que es nuestra obligación única.

Antonio Baeza | 18 dic 2018

Andamos acabando con el 2018; pocas cosas han cambiado desde que elegimos el gregoriano calendario, muchas menos en los últimos lustros, por supuesto. Nos movemos en la sutil borrachera de discursos sin fondo, vanas palabrerías que nos mantienen las orejas enhiestas, ojipláticos, la columna estirada y casi de puntillas. Esto es porque no quieren que pisemos tierra firme, que nuestros oídos disfruten de lo cercano, de lo cierto, de lo real. Y que nuestros ojos se posen sin estridencias sobre los focos amenos que nos rodean, las aristas menos amorosas, los espinos y las zarzas. Así andamos dando tumbos, desordenados y distraídos.

Mucha literatura barata, de whatsapp, twiter, facebook, los medios incluidos; separando, dispersando, difuminando; la fuerza viva que vive en cada una de nosotras, las personas que sufrimos cada día; para vestir, calzar, comer, beber, vivir que es nuestra obligación única.

Mientras, mantenemos a unos parásitos que se denominan “representantes” de la ciudadanía y que siguen sin representar más que a ellos mismos. Ya se que hay grados en la escala de grises; pero continuamos en el gris, con la infinidad de colores que tenemos a mano.

No me quiero arrogar estar al tanto de la calle, por no entrar en terrenos de nadie. La calle continúa ahí, con su constante murmullo; sus gritos, a veces, trascienden lo normal. Hoy deberían ensordecer a quienes, ausentes, dicen representarnos. Cómo representar a nadie si no estás presente? Si andas envuelto en banderas, en incruentas batallas léxicas, en aspavientos que lleva el viento?

Hay círculos, plataformas, mareas, organizaciones, colectivos, grupos, asociaciones, juntas, uniones, comparsas, fraternidades…Dónde se produce el milagro del encuentro entre personas distintas; con pensamientos y deseos distintos, con distintas necesidades y realidades. Están al cabo de la calle, porque de ella emanan y pasan por la anonimia, se las ignora.

Vivimos el paraíso de la representación, silenciados por la voz que resuena en los grandes foros; expectantes y desengañados continuamente; sin solución de continuidad, ni esperanza alguna.

Delegamos nuestros esfuerzos y nuestros afanes en manos de quien los desautoriza, una y otra vez. Pecamos de incautos, de simples, de bondad.

Pero claro, nos sectorizamos y dejamos seducir por la figura altiva de cualquiera, por sus ademanes, por su palabrería o su belleza. Le aupamos al altar que no merece, le rogamos y mantenemos en todos sus caprichos, para que nos mire desde las alturas en que le hemos colocado, como quien mira al pobre insecto que se retuerce a sus pies. Seguimos siendo nada para los altos cargos del Estado.

Seguimos bailando el son de su Yenka; “izquierda, izquierda, derecha, derecha, alante, atrás…un, dos, tres”.

Nuestros intereses confluyen en un punto; este punto que nos une, debiera ser suficiente para que estuviéramos todas las personas a una; unidas por nuestra causa común. El arriba y el abajo; las pisoteadas, contra las que pisan. Nos dejamos enredar por las mafias antes que por las personas sanas, por las honestas que nos quieren y miramos la vida, por el agujerito que nos han permitido esos seres superiores, a los que venimos aupando por encima de los demás, a lo largo de la historia.

“No hay trabajo en un planeta muerto”; leía hoy en un artículo de Florent Marcellesi; es esta una verdad irrefutable y que está en el centro de todas nuestras causas. La economía mundial, mata al planeta y nos está matando a sus habitantes; por pobreza, exclusión, abandono, envenenamiento, denegación de auxilio y derechos, guerras y enfrentamientos. Nacemos todos iguales y morimos con lo que trajimos al nacer, todo lo demás son atributos que nos otorgamos; todo lo que nos sobra, está faltando en otra parte, a otra persona o al planeta.

Venimos a pasar por la vida, a vivirla en ésta Tierra que es la que nos da todo lo necesario; malgastar o abusar de lo que nos ofrece es ofender a la vida, debería estar penado, es absurdo.

Hoy, más que nunca, es necesaria la unidad en las acciones, la unidad en los criterios, la solidaridad entre quienes hemos llegado a la conclusión de que algo no funciona cuando se perpetúan los privilegios de unos pocos, sobre el interés de la mayoría.

Dediquemos unos instantes a reflexionar en las cosas que nos unen, dejemos por un momento de separar y empecemos a caminar por el mundo que todas deseamos.

Todas las causas por el bien de las mayorías, son la misma causa.

 

 

Enlace de este artículo en: https://redcreactiva.wordpress.com/2018/12/18/la-revuelta-de-la-yenka/

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