Un mundo demasiado feliz
El Latido

Un mundo demasiado feliz

Frustración es lo que siento, frustración y pena por todos aquellos que no sienten lo mismo. Nunca he sido un gran entusiasta de la bandera, de hecho, dada mi ideología, he tendido a verla como algo hostil, algo que no podía considerar sino pernicioso. No me veo representado por los valores, las políticas y las falacias que esputan los que, orgullosos de estar bajo su manto, se lucran e ignoran a quienes ven ondear esa tela desde un punto más lejano. A mis veintitrés años de vida he sido testigo de más actos que han ido restando el poco valor que le profesaba a la bandera, que de acciones restauradoras de esperanza...

German Ñiguez | 9 feb 2019

Frustración es lo que siento, frustración y pena por todos aquellos que no sienten lo mismo. Nunca he sido un gran entusiasta de la bandera, de hecho, dada mi ideología, he tendido a verla como algo hostil, algo que no podía considerar sino pernicioso. No me veo representado por los valores, las políticas y las falacias que esputan los que, orgullosos de estar bajo su manto, se lucran e ignoran a quienes ven ondear esa tela desde un punto más lejano.

A mis veintitrés años de vida he sido testigo de más actos que han ido restando el poco valor que le profesaba a la bandera, que de acciones restauradoras de esperanza. Muchos me preguntan por esta reticencia hacia el país que me ha “hecho crecer”. Yo les respondo: mi país no me ha hecho crecer. Mi país no me ha dado nada salvo unas letras impresas en un pedazo de plástico. Mis padres me lo han dado, las personas que me quieren me lo han dado. El cine, la música, la literatura y la cultura en general me han hecho crecer. Los valores que he adquirido de lo anteriormente mencionado son los que me han formado como persona. El nacionalismo no hace nada más que crear mentes con molde que se llenan de colores.

La bandera es el telón que oculta lo oscuro. Desde una posición pasiva en el patio de butacas se ve brillante, imponente. Pero cuando ese pedazo de tela se desplaza, exhibe la obra más mediocre jamás realizada. El backstage es un caos de atrezo y hay un apuntador que titubea y observa al público a cada instante, buscando muecas de aprecio que le hagan ver, sin ninguna seguridad, si lo que está haciendo hace progresar la obra.

Si mi país me hubiera formado con sus colores, su himno y sus valores, yo no vería un problema en cada “justicia” que ocurre dentro de las fronteras que lo acotan. Si me hubiese conformado con lo que la bandera dice, no consideraría las verdades tan distantes de las mentiras y mucho menos del silencio. Pero el problema es que no vemos el problema. No sabemos la procedencia de todo esto, y no nos planteamos el daño que hace un pensamiento tan obtuso, cocinado a fuego lento y que se clava en la parte baja de nuestro vientre, como bayonetas en la guerra.

Sin embargo, hay individuos que aún mantienen la bandera en sus balcones, gente que defiende esos colores como si de un deporte se tratara. Esa pasión incoherente que brota de algo tan ilógico como la procedencia, que nos limita, pero no a todos nos define. Me pregunto qué haría esa gente en Un mundo feliz de Huxley o en 1984 de Orwell. Lo que ocurre en esas ficciones estaría bien, ¿no? Al fin y al cabo ellos han nacido en ese seno y deben amarlo ciegamente hasta que la muerte los arrope, ¿verdad?

España es esa distopía que siempre he temido. Quiero huir de aquí, estoy harto de tanto Soma, de estar sedado. Quiero que esto acabe, que las personas empiecen a comportarse como personas, como seres únicos llenos de vida, de una riqueza que diste del poder adquisitivo de cada uno. Y que llenen sus mentes y su tiempo de inquietudes con las que siempre han paliado por miedo a sentirse excluidos. Somos lo necesario para el cambio, pero desde el patio de butacas solamente conseguimos anclarnos en este limbo.

(Iustración de John Brosio)

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