La Revolución de Ayutla a empesado

La Revolución de Ayutla a empesado

El pasado sabado llego a su fin último gobierno de Antonio López de Santa Anna resultó ser un auténtico fracaso, lejos de lograr la unidad y estabilidad política que se esperaba obtener cuando se le permitió establecer un gobierno fuerte que se creía necesario para obtener esos objetivos, consiguió un gobierno tiránico que lastimaba a todas las esferas de la sociedad. Salvo algunas manifestaciones menores que fueron duramente suprimidas, la mayoría de los grupos carecían de las armas y la organización necesarias para oponerse al dictador.

Mariana Paola Moo | 14 nov 1853

 

El pasado sabado llego a su fin el gobierno de Antonio López de Santa Anna resultó ser un auténtico fracaso, lejos de lograr la unidad y estabilidad política que se esperaba obtener cuando se le permitió establecer un gobierno fuerte que se creía necesario para obtener esos objetivos, consiguió un gobierno tiránico que lastimaba a todas las esferas de la sociedad. Salvo algunas manifestaciones menores que fueron duramente suprimidas, la mayoría de los grupos carecían de las armas y la organización necesarias para oponerse al dictador.

Los únicos posibles adversarios de Santa Anna eran los caciques locales quienes, contaban, al menos en su reducido espacio geográfico, con elementos necesarios para disputarle el poder. Por esta razón, el gobierno central realizó una serie de reformas que pretendían ir minando las fuerzas y apoyos de estos hombres fuertes. Así el 31 de octubre de 1853, el coronel Florencio Villareal fue destituido de la comandancia principal de Costa Chica, ordenándole que se presentara en la capital de la República. Temeroso de posibles represalias por su cercanía a Juan Álvarez, Villareal no se presentó pretextando una enfermedad.

En enero del año siguiente Ignacio Comonfort fue separado de la Aduana de Acapulco de la que era administrador. Un poco más tarde, el gobierno central tuvo noticia o fabricó la existencia de una conspiración de Faustino Villalba, quien en combinación con Villareal y patrocinados por Juan Álvarez pretendía pronunciarse con 150 hombres en Cacahuamilpa.

 

Para sofocar esta supuesta amenaza, el gobierno pensó trasladar al Departamento de Guerrero a algunos cuerpos del ejército a los que tenía mayor confianza, y posteriormente hacer una renovación de las autoridades, dejando fuera del juego político a Juan Álvarez. Para evitar suspicacias, Santa Anna comunicó a Álvarez que el movimiento de tropas tenía por objetivo asegurar el puerto de Acapulco; que se hallaba amenazado de una invasión que en la California organizaba el conde Raouset de Boulbon. Bajo esta burda escusa se  dispuso entonces que saliesen para Acapulco el 11° batallón permanente y el 2° activo de Puebla y renovando la orden para que Florencio Villareal se presentara en la capital “aunque fuera en camilla”.

Decidido a no permitir que la maniobra fructificara, el 27 de febrero expidió una proclama desde su hacienda La Providencia, excitando a las fuerzas que le eran fieles a no tolerar ya la tiránica administración de López de Santa Anna de quien decía:

 

Por medio de intrigas y tortuosos manejos asaltó el general Santa-Anna el poder supremo pocos meses ha, quien pérfido como siempre, burlando a los crédulos y apoyándose en los proyectos, quiere sojuzgar a la nación, sin tener en cuenta la mayoría inmensa de mexicanos que marcaremos el hasta aquí a sus temerarios avances. Preciso es destruir su error, para que redunde en bien del país lección tan provechosa.

 

¡Valientes compatriotas! Don Antonio López de Santa-Anna, que a su arbitrio dispone de los destinos de nuestra patria, sirve de ciego instrumento a un partido detestable que no contento con nuestra independencia, y enemigo jurado de la libertad, trabaja sin descanso por arrebatarnos esos preciosos bienes, cuya conquista nos costara cruentos sacrificios. (documento 1).

 

En ese momento se declaraba ya en franca rebeldía y por lo tanto, junto con Ignacio Comonfort convino en la necesidad iniciar un levantamiento en forma que derrocara de una vez por todo al dictador para lo cual en la misma hacienda se reunieron con el general Tomás Moreno, que era el segundo jefe de la comandancia del Estado de Guerrero, el Lic. Trinidad Gómez, Diego Álvarez y Eligio Romero y allí redactaron el que hoy conocemos como el Plan de Ayutla (documento 2). En este documento se declaraba que cesaban en el ejercicio del poder público Santa Anna y los demás funcionarios que hubiesen desmerecido la confianza de los pueblos; al triunfo del movimiento se convocaría a un representante por cada Estado o Territorio, quienes elegirían presidente interino quien a los quince días de haber entrado en funciones, convocaría un Congreso extraordinario que constituyera a la nación en forma de República representativa popular. El ejército sería cuidado y atendido, el comercio protegido liberalmente y puesto provisionalmente en vigor el arancel aduanal promulgado durante la breve administración de Juan B. Ceballos (documento 3). Desde ese momento fueron derogadas las leyes sobre sorteos, pasaportes, capitación.

Se determinó que quienes se opusieran al plan serían tratados como enemigos de la independencia nacional, y por otra parte se invitaba para que lo suscribieran y apoyaran a los generales Nicolás Bravo, Juan Álvarez y Tomás Moreno.

 

Una vez acordado y redactado el plan, se resolvió que lo proclamara el coronel Florencio Villareal, quien lo hizo en la Villa de Ayutla el 1 de marzo de 1854, siendo casualmente ese día Miércoles de Ceniza. En Acapulco Ignacio Comonfort hizo algunas modificaciones al texto del plan original, tratando principalmente de atraer al movimiento a los federalistas (documento 4).

 

            Cuando en la capital se tuvo conocimiento de lo ocurrido en Ayutla, se intentó estrangular el movimiento evitando que se extendiera por el resto de la República dictándose órdenes a los departamentos de Puebla, Oaxaca, Michoacán y México para que reforzaran sus guarniciones en las poblaciones limítrofes con el de Guerrero mientras que se organizaba una expedición compuesta de cinco mil efectivos y suficientes provisiones para la campaña que dirigiría en persona el propio Santa Anna.

            El 16 de marzo el presidente abandonó la ciudad de México confiado en que obtendría un fácil victoria, suposición que fue reforzada cuando En el punto conocido como el Coquillo, en el cruce del río Papagayo, tuvo lugar el 13 de abril de 1854, el primer enfrentamiento entre las tropas de Santa Anna y las revolucionarias comandadas por el coronel Villareal quien llevó la peor parte en la acción, quedando prisioneros en poder de Santa Anna dos oficiales revolucionarios José Miguel Indart, capitán de la primera compañía de San Marcos y el también capitán Nicanor Vargas del Batallón de Costa Chica.

            En Acapulco Ignacio Comonfort quien tan sólo contaba con 600 hombres se hizo atrincheró en el fuerte de San Diego desde donde repelió con éxito el ataque de las tropas oficiales y rechazó la oferta de Santa Anna de entregar la plaza a cambio de un soborno de 100 mil pesos.

            Ante los pobres resultados y las condiciones climáticas desfavorables Santa Anna se decidió a levantar el asedio sobre San Diego y retirarse.

En su repliegue Santa Anna destruyó todas las rancherías de las inmediaciones de Acapulco y redujo a escombros los pueblos de Las Cruces, La Venta, Dos Arroyos, Cacahuatepec. Pero no salió indemne pues durante su camino fue constantemente hostilizado por las fuerzas de Tomás Moreno que el 30 de abril de 1854 le presentó batalla formal en el Cerro del Peregrino. Santa Anna perdió en esa jornada más de trescientas bestias, la mayor parte cargadas de víveres, municiones, armas y equipajes que fueron repartidas por el general Moreno entre los vecinos de las inmediaciones que habían sufrido por las devastaciones de sus pueblos.

            Cuando el presidente Santa Anna regresó a la capital de la República, fue recibido como un triunfador, pues se anunció que la campaña había sido un éxito, pero la verdad pronto se hizo manifiesta. Lejos de apaciguar a los rebeldes, nuevos brotes de insurrección estallaron en el territorio nacional.

            En Michoacán el primero en sumarse a la revolución fue Gordiano Guzman, quien encontró un fin trágico pero cuyo ejemplo alentó a Epitacio Huerta, Manuel García Pueblita y otros más que corrieron con mejor suerte.

En el norte Santiago Vidaurri se pronunció y en pocos días tomó la ciudad de Monterrey, por su parte, en Ciudad Victoria, Juan José de la Garza se levantó en armas, mientras que Vicente Vega lo hacía en San Luis Potosí.

 

A Principios de diciembre la revolución en el Sur tuvo un gran impulso pues Ignacio Comonfort regresó de los Estados Unidos con abundantes recursos en armas, municiones y dinero, que permitieron a los revolucionarios tomar la iniciativa, obtener triunfos importantes y expandir su área de influencia.

            La situación se volvió insostenible para el régimen y así Antonio López de Santa Anna abandonó la capital el 9 de agosto de 1855, renunciando al cargo de presidente de la República unos días más tarde en Perote. (documento 5). Al día siguiente la guarnición de la Ciudad de México se adhirió al Plan de Ayutla poniendo fin al conflicto (documento 6).

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